Antes del ascenso de los nazis al poder, Berlín era una de las metrópolis más vanguardistas del mundo occidental. Su población, antes de la II Guerra Mundial, alcanzó los 4.338.756 habitantes, y su grandeza hizo creer a Hitler que se convertiría en la capital de un imperio que cambiaría el curso de la Historia durante un milenio, el III Reich. Con la colaboración del arquitecto Speer, que escalaría posiciones de poder en el régimen nazi, el Führer soñó en remodelar la ciudad, cambiando su nombre por el de Germania. No sospechaba en 1939 que terminaría siendo el campo de batalla del final de la Guerra, donde terminaría suicidándose, conquistada por los soviéticos y dividida en dos frentes durante la larga Guerra Fría.
El siglo XX marcó trágicamente la vida de los berlineses, y a día de hoy puede visitarse su Centro Monumental de la Resistencia Alemana, que recuerda que no todos los alemanes se sumaron a las filas del nacional-socialismo. En verdad, las primeras víctimas del terror nazi fueron alemanas, aunque no todos los alemanes cobraron conciencia de los males de jugar con fuego. El Centro se sitúa en el antiguo número trece de Bendlerstrasse, al mediodía del Tiergarten, el pulmón verde del centro de la ciudad. Allí se emplazó el Bendlerblock o la sede del Alto Mando del Ejército, donde tuvieron lugar algunos de los acontecimientos de la Operación Walkiria, la que se propuso acabar con Hitler y su autoridad tras la apertura del segundo frente en Europa con el desembarco de Normandía.
Las relaciones entre el Führer que se creía un infalible genio militar, digno de Napoleón, y la alta oficialidad del Ejército fueron complicadas. Muchos generales menospreciaron al cabo bohemio a despecho de las victorias iniciales alemanas en la Guerra. Acusados muchos generales de un elitismo contrario al espíritu popular nacional-socialista, las SS jugaron esta baza para disponer de sus propias fuerzas armadas. Los primeros contratiempos hicieron aflorar la tirantez. Ante la previsión de algún movimiento de disidencia interna, se pergeñó en diciembre de 1941 el primer plan Walkiria, que sería retocado en septiembre de 1943.
Se partía del supuesto de la muerte del Führer Adolfo Hitler en medio del intento de una camarilla de “partidos extranjeros” de hacerse con el control del Reich. Para detenerlo, se declararía el estado de emergencia militar, y el mando pasaría a los comandantes principales del ejército, que lo harían extensivo a las mismas SS. En este engranaje, resultaría clave la actitud del comandante del ejército de reserva, con sede en Berlín.
Tal hombre era en 1944 el general Fromm, en cuya caja fuerte del Bendlerblock las SS encontrarían una lista de implicados en la conspiración, como el juez del Tribunal del Pueblo Freisler, hasta ese momento un seguidor del régimen. Fromm había entrado en contacto con los planes de la conspiración a través del comandante von Stauffenberg, el célebre jefe de Estado Mayor del general von Tresckow. Junto a militares como Olbricht (padre intelectual de la primigenia Walkiria) y Beck, se pensaba atentar mortalmente contra Hitler, tomar el poder y negociar una paz con los aliados, especialmente con los anglo-americanos, para evitar lo peor.
El veleidoso Fromm jugó sus cartas, y llegó a poner en una lista negra a su amigo Speer, de la máxima confianza del Führer. Cuando los generales Beck y von Witzleben le instaron a que pusiera en marcha el plan acordado el 20 de julio del 44, llamó por teléfono a Rastenburg al mariscal Keitel, que le confirmó que Hitler vivía. Había fracasado el atentado en la Guarida del Lobo, en la Prusia Oriental de entonces.
Paralelamente, un confundido oficial Remer intentó arrestar al mismo ministro de propaganda Goebbels, que le hizo desistir de sus intenciones poniéndole al teléfono con el mismísimo Hitler. El golpe había fracasado, y muchos se pusieron al servicio de los leales. El propio Fromm habló con el temible Himmler, el reichsführer de las SS, y se dedicó a detener y a fusilar a más de uno de sus camaradas de conspiración. Entre otros, ordenó ejecutar a Stauffeenberg y a Olbricht la noche del mismo 20 de julio. A Beeck se le permitió suicidarse. Así pensaba ocultar su implicación.
La lucha por la capital del Reich se había decantado por los seguidores de Hitler, pero Fromm no terminó en el bando vencedor. Tanto Himmler como Goebbels desconfiaron vivamente de sus prisas a la hora de ordenar ejecuciones, y el 21 de julio ordenaron arrestarlo al mismo Remer, ascendido a coronel por Hitler. Acusado de cobardía ante el enemigo, terminaría fusilado el 12 de marzo de 1945, cuando la pesadilla distaba de haber finalizado para las gentes de Berlín.
Para saber más.
Joachim Fest, Plotting Hitler´s Death. The German Resistance to Hitler, 1933-1945, Phoenix, 1997.

