LOS NAZIS, A PUNTO DE DOMINAR EUROPA.
El 1 de septiembre de 1939 comenzó una de las guerras más devastadoras de la Historia, por la voluntad del régimen nazi dirigido por Hitler. En los meses sucesivos, sus tropas arrollaron muchos países. Incluso Gran Bretaña parecía a punto de perecer. Uno de sus aliados, la España de Franco, decidió entonces subirse al carro del vencedor: el 12 de junio de 1940 se declaró no beligerante. Era la hora de un nuevo imperio español, anhelado por militares africanistas y falangistas, a despecho de la devastadora situación en la que había quedado España tras la Guerra Civil. Hitler no dio sus parabienes a Franco en Hendaya, pues no deseaba malquistarse la colaboración de la Francia de Vichy, todavía una potencia colonial en el África del Norte, cuyas posesiones también ambicionaba la Italia fascista. Además, la entrada en guerra de España resultaba muy onerosa en términos económicos para el III Reich.
La derrota alemana en la batalla aérea de Inglaterra obligó a Hitler a adoptar una estrategia más indirecta para quebrantar a los británicos. Para desarticular sus comunicaciones imperiales, se pensó en conquistar Gibraltar con la colaboración de los españoles, que no dejarían pasar la oportunidad de recuperar una tierra irredenta. El círculo de Franco no fue tan ingenuo, pues conocía de sobra que la armada británica podía bloquear de facto el suministro de los puertos españoles. Las autoridades diplomáticas británicas conocían perfectamente la miseria y la represión sufrida por buena parte de la población española, condiciones nada alentadoras para entrar en guerra.
EL ATAQUE A LA URSS Y ALGÚN QUE OTRO REQUENENSE.
La invasión nazi de la URSS, aliada hasta la víspera del III Reich, despejó tal dilema. El gobierno de Franco decidió enviar el 23 de junio de 1941 una fuerza militar contra la culpable Rusia, la División Azul, cuyo nombre pretendía prestigiar el falangismo y evitar toda implicación directa del ejército español, lo que hubiera supuesto la entrada oficial en la guerra. La maquinaria política y propagandística del franquismo animó a la participación entusiasta. El ayuntamiento de Requena colaboró en la suscripción económica a la División, al igual que varios particulares por el que dirán. Entre los voluntarios hubo una mezcla de convencimiento y de congraciamiento con el régimen. Felipe Gallego Rodríguez, hijo de uno de los Últimos de Filipinas, marchó como voluntario, al igual que Juan José Pérez Iranzo. El cineasta Luis García Berlanga, de familia muy ligada a la política local, también se alistó como voluntario para evitar sanciones y acusaciones de republicanismo. Los artificios del franquismo no evitaron que Gran Bretaña meditara ocupar las estratégicas Canarias, pero al final se desestimaría el ataque.
Las primeras victorias nazis en suelo soviético no anunciaron la derrota de su oponente. El elefante terminaría devorado por las hormigas, como profetizó el mariscal Ewald von Kleist. Las fuerzas del Eje nunca conquistarían Moscú, ni la emblemática Leningrado, en cuyo frente caerían en distintas batallas no pocos divisionarios, como Juan José Pérez Iranzo. El bombardeo japonés de Pearl Harbor, un 7 de diciembre de 1941, sería seguido por la declaración de guerra del III Reich a los Estados Unidos, hasta entonces reticentes a entrar en el conflicto. Sin embargo, el Imperio del Sol Naciente no cruzó espadas con la URSS en correspondencia. Ya lo había decidido mucho antes. La guerra adquiría así dimensiones auténticamente globales.
EL DELICADO SEGUNDO FRENTE.
Stalin llegó a pensar que Gran Bretaña y Estados Unidos dejarían desangrarse a la Unión Soviética ante el III Reich, que una vez exhausto sería atacado con más facilidad por aquéllas. Airado, reclamó la apertura de un segundo frente en Europa en vísperas de la gran batalla de Stalingrado, en junio de 1942. A la sazón, las potencias anglosajonas no tenían pareceres iguales. Gran Bretaña era partidaria de lanzar una campaña en el frente mediterráneo que desequilibrara al Eje, en el que Italia daba muestras de flaqueza. A los círculos militares de Estados Unidos no les hacía mucha gracia. Lo veían como un pretexto para secundar los intereses imperiales británicos, descuidando un gran ataque directo contra el Norte de Francia, necesitado de mucha preparación. Roosevelt, al final, decidió preservar la gran alianza: Estados Unidos no lucharía exclusivamente en el Pacífico y Asia contra Japón, y se avendría a colaborar con los británicos en el Mediterráneo.
El objetivo no sería, por el momento, la Europa del Sur, sino el Norte de África controlado por la Francia de Vichy, con unos 100.000 soldados a sus órdenes. La Operación Antorcha se traduciría en desembarcos aliados en los sectores de Safí-Salé, Orán y Argel del 8 al 16 de noviembre de 1942, con la clara pretensión de dominar lo antes posible la comunicación ferroviaria Oujda-Argel, que enlazaba con el Transahariano en el que habían trabajado forzosamente no pocos republicanos españoles. Los planes podían verse perturbados por una hipotética entrada de España en la guerra, fuera por su propio pie o forzada por una irrupción alemana. En tal situación, el flanco de Gibraltar se vería fatalmente expuesto y un Rommel agazapado en Tunicia podía atrapar entre dos fuegos a los aliados. Sus estrategas no ignoraban tal riesgo: prepararon ya en julio del 42 un plan complementario a Antorcha, el Espina Dorsal o Backbone. Sus unidades acorazadas se encargarían de machacar a las fuerzas españolas en el protectorado marroquí, el principal activo militar de Franco. Paralelamente, la Península sería bombardeada. Entre sierra Morena y el Atlas los aliados se harían así con un verdadero escudo territorial de protección. A principios de septiembre, el general Eisenhower aprestó hasta dos divisiones acorazadas, en las que Patton hubiera sido clave, y sus correspondientes fuerzas aéreas.
LA ESPAÑA DE FRANCO, EN EL PUNTO DE MIRA.
A los españoles no se les escapaba para nada el peligro. Sus espías avisaban cumplidamente de las intenciones aliadas en la inquieta África del Norte. No dejaron ni por un momento de avisar a sus aliados alemanes, cuyos servicios de inteligencia no acertaron a desentrañar el sentido de un diluvio de datos llegados de lugares muy distintos. El III Reich concentró sus fuerzas en Tunicia cercana a la Malta británica que obstaculizaba las comunicaciones con Sicilia. El 23 de octubre los británicos volvieron a cargar en El Alamein y 70.000 soldados aliados pudieron desembarcar el 8 de noviembre de Safí a Argel.
Backbone no se aplicó, pero pudo haber sido algo más que un simple proyecto de operaciones. En España, el secretario general de la Falange José Luis de Arrese se mostraba especialmente partidario del III Reich. El poderoso ministro del Aire, el general Juan Vigón, recomendó cautela: España acabaría sufriendo derrotas como Italia en Abisinia y Grecia. Franco se inclinó por este último parecer, y en septiembre destituyó al germanófilo Serrano Súñer como ministro de Asuntos Exteriores. Lo sustituyó el general Francisco Gómez-Jordana, poco favorable al Eje y bien visto por Gran Bretaña y Estados Unidos.
En estos momentos de incertidumbre, las autoridades locales se prepararon para lo peor. Se hicieron contingencias de guerra en muchos puntos de nuestra geografía. En Zahara de los Atunes se construyeron búnkeres, pero en la más distanciada Requena también se acometieron preparativos serios.
LA CASTIGADA REQUENA.
Durante la Guerra Civil, las tierras requenenses no habían padecido ninguna gran batalla, como la librada en Teruel, el gran frente de no pocos de sus soldados. A comienzos de la Guerra había experimentado una importante revolución social, más tarde aguada, y sufrido una brutal represión con la entrada de las tropas del general Varela a finales de marzo de 1939, particularmente dura contra los grupos de trabajadores agrícolas. También les costó la vida a los anteriores alcaldes republicanos Pedro Fernández Cárcel y José García Tomás. El hambre rondaba por entonces a sus 19.858 habitantes, no pocos arracimados en sus aldeas, las de una España ruralizada con un severo deterioro de su tejido industrial.
Enclavada entre Madrid, cuya capitalidad llegó a discutirse a comienzos del franquismo, y la portuaria Valencia, ambas con un destacado pasado republicano e izquierdista, Requena podía convertirse en un punto de la retaguardia o de operaciones militares en caso de desembarco aliado en el litoral mediterráneo. El gobernador civil de Valencia quiso conocer el 24 de octubre del 42 el número de enfermos y el de personal médico-sanitario del hospital de San Francisco, el de Pobres, para la defensa pasiva.
El Instituto de Requena, el actual IES UNO (entonces en las dependencias del Carmen), también fue objeto de atención de las atribuladas autoridades franquistas. Entonces en horas bajas, con una escasa matrícula, el ayuntamiento había solicitado el favor del mismo general Varela para que no fuera suprimido. La Falange había puesto sus ojos en el Instituto como semillero de una nueva juventud fascista. Visto el panorama, el ministerio de Educación indicó una serie de instrucciones en caso de peligro militar. El 27 de noviembre del 42 el ministerio estableció, una vez ordenada la movilización militar parcial, que no se alteraran los servicios de enseñanza, de modo que se entregara de edificio en caso de requerimiento militar y se diera cuenta de personal movilizado para cubrir vacantes.
CALMA INCIERTA Y TENSA.
A finales de 1942, los combates se circunscribían al Norte de África. Del 18 al 22 de diciembre, la España de Franco reforzó sus lazos con un Portugal que consideró haber atacado por su cercanía diplomática a Gran Bretaña, forjando el Bloque Ibérico. En la sugerente Casablanca se reunieron Roosevelt y Churchill entre el 14 y el 24 de enero del 43, donde trataron temas como el del futuro del imperio colonial francés, aunque no acordaron nada contra la España de Franco. Mientras tanto, el ayuntamiento requenense atendía las prórrogas de incorporación de seis reclutas, considerando sus condiciones de pobreza.
Sin embargo, el peligro no había cesado. En cualquier momento las fuerzas del III Reich podían cruzar la frontera española. Al fin y al cabo, tropas alemanas e italianas habían ocupado la llamada Francia Libre el 11 de noviembre del 42 en previsión de posibles desembarcos aliados. El 28 de enero del 43, el ministerio requirió con urgente energía el teléfono del Instituto de Requena y de su director. A 17 de febrero se apuntó desde el ministerio a que todos los profesores estuvieran asignados a su guarnición local por la orden de movilización: los horarios deberían acomodarse a las necesidades de instrucción.
El III Reich no estaba en condiciones de abrir el frente ibérico, pues acababa de encajar la contundente derrota de Stalingrado, con la capitulación humillante del mariscal Friedrich Paulus el 2 de febrero. Habían muerto 150.000 soldados alemanes y 90.000 habían sido capturados por los soviéticos. A 10 de octubre, la División Azul dejaría de estar oficialmente activa. Transcurrido un mes de la victoria soviética en Stalingrado, Gran Bretaña archivaría sus planes de ataque contra España. El territorio europeo atacado a continuación por los aliados sería Sicilia, del 9 al 10 de julio, y el 25 de aquel mismo mes Mussolini sería derrocado por los suyos. Convenientemente se cortaron las alas de las juventudes falangistas en el Instituto de Requena, pues el viraje del conflicto era claro.
EL HUNDIMIENTO DEL III REICH Y LAS VERGONZOSAS RELACIONES DE FRANCO.
Franco seguía con preocupación las alternativas de la II Guerra Mundial. El 6 de junio de 1944 una formidable fuerza aliada desembarcaría en Normandía y el 25 de agosto París sería definitivamente liberado de la ocupación nazi, formando republicanos españoles a la vanguardia de las tropas aliadas. Más de un exiliado creyó que había llegado la hora de ajustar cuentas con el franquismo. El PCE alentó la Unión Nacional Española, que preparó la operación Reconquista de España para octubre del 44. Las fuerzas guerrilleras españolas, bregadas en la Resistencia francesa, sostendrían un gran levantamiento popular contra la dictadura. Sin embargo, los ataques no tuvieron el éxito esperado. Gran Bretaña tampoco vio con buenos ojos una posible extensión de la influencia soviética en la Europa Occidental: la Guerra Fría se oteaba en el horizonte cuando todavía no había finalizado la II Guerra Mundial.
Un 7 de mayo de 1945, tras infinitos horrores, Alemania firmaba su rendición. Sus tropas dejarían de combatir a las 23.01 del día siguiente. Terminaba el conflicto en una asolada Europa. De forma muy conveniente, el 13 de junio el ministerio de Asuntos Exteriores pidió reservadamente al Instituto de Requena si tenía cuentas por suministro de material con alguna firma alemana antes del 5 de mayo. Se deberían de borrar todas las pruebas, numerosísimas, de colaboración con el Reich milenario. No sabemos qué hubiera sucedido en Requena y en el resto de España en caso de entrada en la guerra mundial, pero nuestras tierras contemplarían en los años sucesivos la penuria, la imposición y las acciones del maquis.
FUENTES.
ARCHIVO HISTÓRICO DEL IES UNO.
Carpetas de documentos de entradas de 1942 y 1943.
ARCHIVO HISTÓRICO MUNICIPAL DE REQUENA.
Actas municipales de 15 de diciembre de 1941 a 14 de diciembre de 1942 (3593) y de 21 de diciembre de 1942 a 1 de febrero de 1944 (3594).

